Amar hasta el extremo

Como puede que recuerdes, ya anunciábamos la semana pasada sobre el siguiente paso que hemos dado en esta iniciativa, adentrándonos, además de en las experiencias personales, en la teoría que explica el porqué de las posturas de la Iglesia y de la sociedad.

Os adelantamos varios de los temas, y decidimos comenzar con el aborto, muy polémico pero presente entre nosotros y que de un modo u otro nos preocupa a todos.

Hoy proponemos un nuevo enfoque: la eutanasia, acto que significa el fin de una vida que puede que no hubiera llegado aún al ocaso, un adelanto de la muerte propia o de aquellos que tenemos a nuestro cargo. Es entonces cuando un mar de preguntas inundan nuestra mente y nos hacen replantearnos cosas que en otras situaciones no hubiéramos pensado, tomar decisiones que nunca se nos hubieran pasado por la cabeza.

Puede ser que en un momento de agonía tan duro y lleno de sufrimiento tanto para el enfermo como para sus familiares, uno se pregunte cuál es el sentido de la vida, para qué merece la pena permanecer en esas condiciones y alargar la pesadilla si antes o temprano acabará, y no precisamente con un final feliz.

Sin embargo, es difícil determinar el fin de un ser querido, ¿qué derecho tenemos para arrebatar la vida a los demás?, ¿podrías matar a tu madre o a tu hija con tal de no verla sufrir? Son cuestiones arduas pero de las cuales, desgraciadamente, ninguno estamos a salvo. Pero cabe insistir en que sufre tanto uno como el otro; el enfermo está en los últimos momentos de su vida, y lo que menos necesita es sentirse un estorbo: es importante que se sienta acompañado y querido, que encuentre fortaleza para vivir o tranquilidad para recibir a la muerte.

Y entre todo esto es muy importante la dignidad de la persona, pensar que es su vida y no la nuestra la que se apaga, y que por encima de todo deberían prevalecer sus derechos fundamentales, entre los que podemos considerar, el derecho a la vida. Es por esto que la Iglesia se opone a la eutanasia, a matar a una persona porque su estado de salud no le permite valerse por sí misma. La Iglesia considera la vida como “un don del amor de Dios” del que nadie tiene derecho a desposeer.

Por tanto, no se trata de si utilizar o no los cuidados paliativos, que son aquellos que se destinan a reducir el dolor del paciente pero que pueden producir el acortamiento de su vida, ni de ofrecerle tratamientos que únicamente la prolongaran; estamos hablando de proteger y mimar a las personas hasta el fin de sus días, de cubrir sus necesidades básicas como la alimentación o la higiene, las cuales todo ser humano necesita satisfacer, pero sobre todo, de amarlas y respetarlas.

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