La protección de una madre, amor del Padre

Supongo que debéis de saber, y si no os lo digo ya, que todos tenemos una misión en este mundo, que nada pasa por casualidad, que Dios nos ama hasta el extremo y que tiene un plan preparado para cada uno de nosotros. A menudo nos cuesta encontrar respuestas, una salida a lo que vivimos en nuestro día a día. Sin embargo, Él es el único que nos da la clave para hallar algo incluso mejor de lo que buscábamos. Confía en Él y recuerda: tú y tus experiencias tenéis una finalidad, ¿cuál? Hoy quiero daros esperanzas, deciros que todo es posible con fe, porque nuestro Señor no nos deja solos. Y por ello os comparto este impresionante testimonio, leedlo hasta el final 😉

Hola, me llamo Francisco Javier Fernández. Tengo 21 años y soy el mayor de tres hermanos. Nací en el sur de Alemania, a los pies de la famosa Selva Negra. En aquel entonces, únicamente mi padre era católico, ya que mi madre es alemana y era protestante —ahora católica convertida—. A los dos años de haber nacido, me empezó a doler muchísimo la pierna izquierda y no paraba de llorar a causa de ese dolor. Mis padres ya desesperados, me llevaron a varios médicos. Uno detrás de otro, pero ninguno sabía lo que me pasaba. Unos decían que era a causa de tener hambre, otros que eran síntomas de empezar a tener la varicela, etc. Hasta que hubo un médico que decidió hacerme un análisis de sangre. Solo digo que lo siguiente en acontecer fue que me metieron de inmediato en una ambulancia camino al hospital —de este recuerdo en concreto me acuerdo perfectamente: estar yo tumbado en la camilla de la ambulancia, oyendo las sirenas sonar y mi madre llorando a mi lado mientras me cogía de la mano—.

Os preguntaréis: “Pero, hijo mío, ¿¿qué te pasó??”. Pues lo que vieron en ese análisis de sangre fue que tenía cáncer, en concreto, leucemia. Y en ese tiempo que pasó hasta que encontramos un médico que nos supo decir lo que tenía, el cáncer ya se había extendido bastante, por lo que cuando llegué al hospital ya estaba bastante fastidiado. Enseguida me aplicaron la quimioterapia y demás tratamientos. De hecho me quedé calvo a causa de la quimio. Me acuerdo de ir caminando a todos los sitio con mi catéter —un tubo que me entraba por el cuello y salía por el costado derecho, abajo del pecho—: zona de juegos, cafetería… 

Hubo un día en el que el médico se acercó a mi padre y le dijo que tenía  metástasis —cuando el cáncer se mete en los huesos— y que la cosa no pintaba nada bien. Mi padre vio con sus propios ojos esa radiografía. Se podía observar claramente una mancha blanca en el costado derecho. Después de esto, mi padre, ya sin saber qué hacer y temiéndose lo peor, hizo que me trajesen en un camión varias cisternas llenas de agua de Lourdes —lugar donde se apareció la Virgen María a Santa Bernardette y en el cual brota un agua milagrosa que puede llegar a curar a las personas de la enfermedad que tengan—. El agua la vertíamos en la bañera de mi habitación y en ella me bañaba. No recuerdo bien cuántos días fueron, pero una o dos semanas aproximadamente.

Al poco tiempo me volvieron a hacer una radiografía para ver cuánto se había extendido la metástasis. Os relato la escena tal y como la vivió mi padre: vio a unos ocho médicos discutiendo entre ellos. Él no sabía por qué discutían, pero cuando vio las dos radiografías puestas en la pared, la primera con mancha y la última en hacerse, SIN mancha, se dio cuenta de lo que había pasado: un milagro. Toda la metástasis había desaparecido. De ahí en adelante, todo mejoró y en pocas semanas estaba de vuelta en mi casa jugando como un niño más. Tengo bastantes recuerdos del hospital, tanto de la infraestructura como de las enfermeras y pequeños acontecimientos.

Sin alargarme mucho más, me gustaría compartir con vosotros otro mini milagro que me ocurrió estando en el hospital. Me bajaron a un sitio para hacerme unas pruebas, pero para eso, me tenían que anestesiar antes completamente. Lo que pasó fue que la enfermera —bastante joven— me inyecto una cantidad de anestesia muy superior a la que me tendrían que haber puesto, es decir, el doble. Suficiente como para haberme matado en un abrir y cerrar de ojos. De hecho, me cuentan mis padres que la enfermera subió pegando gritos diciendo: ” ¡Ayyy, Dios mío, que lo he matado, que lo he matado!”. ¿Si me preguntaseis que qué fue lo que me paso? Nada. No me paso absolutamente nada. ¿Un milagro? No sé, cada uno que saque sus propias conclusiones. Pero si la Virgen me iba a salvar de un cáncer, ¿por qué no me iba a salvar de esa “letal inyección”?

Después de esto que os acabo de contar seguramente estéis pensando: “Pues le darás gracias todos los días a la Virgen por haberte salvado la vida”. Si os soy sincero, no, muchas veces ni siquiera me acuerdo, otras muchas veces sí. Pero tendría que dárselas todos los días. En mi planta del hospital había como 5 o 6 niños más con leucemia. ¿Sabéis qué fue de ellos? Murieron todos o casi todos. Creo que uno consiguió sobrevivir. ¿Por qué a mí me salvó y a los otros niños no? Seguramente ese día murieron cientos de niños en el mundo, ya sea por hambre, enfermedades, accidentes, etc.

La pregunta que me hago es: ¿qué querrá Dios de mí?, ¿cuál es mi vocación? Hasta día de hoy aún no lo sé. Pero sí hay una cosa que tengo clarísima, y es que TODOS tenemos la misión de salvar el mayor número de almas posible, porque por desgracia y debido a nuestra libertad, no todos vamos al cielo. La vida es una continua lucha encarnizada, feroz y brutal entre el bien —Dios, que desea locamente nuestra salvación— y el mal —Satanás y los demonios que nos odian hasta el extremo y quieren nuestra condenación eterna—, y en la que podemos elegir entre estar muy unidos a nuestro Padre, Dios, o ser unos tibios, es decir, sin ser demasiado malos, pero tampoco demasiado buenos o simplemente vivir a nuestro antojo como si Dios no existiera o viviendo nuestra propia versión del catolicismo —decidiendo lo que es pecado y lo que no, sin cumplir leyes fundamentales de Dios por considerarlas muy “antiguas o arcaicas o por que no se adaptan a estos tiempos”—. Recordad Mateo 24:35: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”. Mientras vivimos nos estamos jugando continuamente nuestra salvación eterna. El día en el cual muramos, aparte de ser juzgados por Dios, veremos cuántas almas se han salvado gracias a nuestras oraciones y buenas obras aquí en la Tierra. Espero que sean decenas, cientos, miles…

Por supuesto, Dios es misericordioso, es más, por citar un ejemplo, Jesucristo le dijo a Santa Faustina Kowalska: “Antes de venir como Justo Juez vengo como el Rey de la Misericordia” —Libro: “El diario de la divina misericordia de  Santa Faustina Kowalska”, ¡os lo recomiendo encarecidamente a todos!—. Por eso, hasta la hora de la muerte tenemos la posibilidad de salvarnos. Qué mejor forma de hacerlo que recurrir frecuentemente a la confesión y vivir muy unidos a Jesucristo, cumpliendo sus mandamientos. También le dijo: “Muchas almas van al infierno porque no hay nadie que rece por ellas”.

En conclusión, aunque no haya ocurrido ningún milagro tan visible en vuestras vidas, Jesucristo nos quiere con locura, está continuamente escuchando con atención el latir de nuestros corazones para saber cuándo latirán para Él. Rezar a diario es fundamental.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Testimonios. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s